El dilema del Gobierno sobre el gradualismo: ¿disminuir o mantenerlo?

Infobae. 18 de enero de 2018.

El origen del problema económico de nuestro país, sin lugar a duda, reside en el plano fiscal que deriva en un déficit creciente, expresado en cuatro tipos: el primario de la Nación, el derivado de los intereses por la deuda externa, el provincial y el cuasi-fiscal (por intereses de Lebacs).

Pese a la reducción de los subsidios, la recaudación del impuesto especial del blanqueo de capitales, al aumento de los ingresos tributarios asociados y al mayor nivel de actividad, la realidad es que el 2017 cierra con un elevadísimo déficit.

El camino elegido para afrontarlo, el llamado gradualismo, resulta posible por la toma de deuda pública que -con elevado riesgo- permite amortiguar el golpe de las duras e impopulares medidas necesarias para disminuir el gasto público. El mecanismo es "comprar tiempo" para aplicarlas más gradualmente, pese a la urgencia de hacerlo.

Pero la deuda genera a su vez un creciente costo por intereses y, además, lleva al déficit comercial. ¿Por qué? El déficit comercial, en su mayor parte, es resultado de la financiación del déficit fiscal que trae abundancia de dólares. De esta forma se alimenta la tendencia a la apreciación cambiaria que, en un círculo vicioso, incentiva las importaciones y los viajes al exterior y desestimula las exportaciones.

Los números son claros. Las exportaciones han caído de 80.000 millones de dólares a 59.500 millones en el 2017.

Así el cuadro, vale considerar la probabilidad de que se vaya cerrando el acceso al mercado financiero internacional.

La situación no es mayormente preocupante porque el mercado de capitales para este año y el que viene está basado en un bajo nivel de Deuda Pública Neta/PBI, que contribuye decisivamente al acceso a la financiación. Sí preocupa sobremanera lo que pase más allá de ese período, porque no es fácil corregir el déficit fiscal y el comercial cuando impera el gradualismo que exige de deuda, la que a su vez trae el lastre de los intereses.

Dado el cruento impacto de este camino, vale apostar al incremento del valor de las exportaciones.

¿Hay posibilidades para ello? Muchas, ciertamente. Pero no resulta fácil que se expresen en lo inmediato en vista de su dependencia con la inversión, renuente a efectivizarse a consecuencia de la historia argentina.

Las posibilidades más concretas provienen de los sectores especialmente competitivos, como es el caso del granario –también pecuario- y de sus subproductos, y, además, del mundo del petróleo. La revolución tecnológica, institucional y organizacional en la producción de cereales y oleaginosas y la expansión de la frontera agropecuaria abren una interesante perspectiva.

El gradualismo, entonces, debería ir abriendo el paso a políticas más estrictas en el plano fiscal, tendientes hacia una menor dependencia con la deuda externa, y así corregir buena parte del retraso cambiario.

El dilema que enfrenta el Gobierno es así: optar por gradualismo acentuado, a fin de incrementar su posibilidad de éxito en las elecciones del año 2019, lo que le aumentaría su acceso al mercado financiero, o por un gradualismo decreciente que le permitiría disminuir el déficit fiscal, pero que reduciría su posibilidad de ganar en dichas elecciones.

El gran desafío del Gobierno, en este contexto, será convencer a la ciudadanía y los agentes económicos de que el camino del gradualismo es acertado. Pero que es necesario que vaya bajando a resultas de una aceleración en las reformas necesarias.

Para ello, deberá comunicar con mayor efectividad los logros alcanzados en el 2017: haber retomado el crecimiento económico y disminuido abruptamente la tasa de inflación, en un cuadro donde las tarifas han subido por encima de ésta.

La desaceleración de la inflación es visible. De 40,5% durante 2016, se ha pasado a poco menos de 25%.

Si éste no se "vende", ¿quién lo va a hacer?