Brasil y México, dos candidatos y un mismo mensaje

Infobae. 11 de junio de 2018.

En el segundo semestre del presente año, dos países claves de América Latina y, por ende, de gran relevancia para la política exterior argentina, asistirán a procesos electorales. Por el peso específico de ambos a nivel económico y político, es de vital importancia que nuestro país entienda de manera clara y pragmática lo que ocurre y ocurrirá.

En el caso mexicano, todo se orienta a un triunfo de Manuel López Obrador. Un veterano y siempre activo y polémico candidato de centro-izquierda. Su paso por la gestión pública como alcalde del DF, la capital mexicana, le da antecedentes de un manejo prudente cuando las palabras terminan y comienza la gestión. En pasadas contiendas por la presidencia se posicionó entre los candidatos más votados, llegando a denunciar prácticas fraudulentas que evitaron su victoria tanto en el 2006 como en el 2012. Con un estilo frontal y apelando al imaginario pueblo, ha generado una fuerte polémica tanto dentro como fuera de su país, lo cual ha motivado forzados y poco realistas paralelismos con populistas como Hugo Chávez. El dinamismo de la sociedad mexicana, así como la pujanza de su sector industrial y productivo privado y la intensa interdependencia económica con Estados Unidos hacen que sea impensable una comparación con la tragedia venezolana.

Sin duda, las polémicas declaraciones de Donald Trump durante la campaña electoral y en su ya año y medio de presidencia sobre el flujo de ilegales y drogas desde el sur, no han hecho más que potenciar a López Obrador con su combinación de prédica nacionalista y también de justicia social. Con gran habilidad este veterano político con largas batallas en su historial ha logrado posicionarse como un no político tradicional o ajeno justamente al círculo rojo del establishment mexicano. La existencia de una sola vuelta electoral y la amplia ventaja que lleva sobre el segundo hacen que ya sea vista como inevitable su victoria.

Luego de los festejos y la revancha por derrotas del pasado, el próximo Presidente deberá afrontar de manera seria y prudente dos temas claves para la estabilidad de su próximo mandato. Nos referimos a la guerra entre el aparato estatal y los poderosos cárteles del narcotráfico que asolan al país y provocaron más de treinta mil muertes el año pasado, y las negociaciones con los Estados Unidos por el replanteo de la dinámica del espacio integración económica NAFTA que ha exigido Trump. Cabe recordar que más del 80% de las exportaciones de México se dirigen a su gigante vecino del norte. La famosa frase "tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos" que acompañó tanto tiempo al folclore político mexicano pasó en las últimas década a ser una bendición para el aparato económico y financiero azteca. Sin olvidarnos de los más de 42 millones de mexicanos y sus descendientes que viven como ciudadanos americanos.

Si bien en las últimas semanas circularon versiones acerca de un cierre complejo pero exitoso de las negociaciones entre México, Estados Unidos y Canadá sobre el futuro del NAFTA, todo indica que no sería así y que en pocos meses más los equipos de Trump y López Obrador deberán verse las caras para avanzar. Si bien el mexicano ya no tendrá la necesidad de poner en el centro la retórica inflamada, dado que las elecciones ya habrán quedado atrás, no sería así el caso de Trump y sus candidatos, que en noviembre enfrentan la elección legislativa de medio término.

Habrá que esperar quizá al 2019 para que la espuma de las palabras crispadas de un lado y del otro del río Bravo dé más lugar a pragmáticas y sigilosas negaciones. Nada más importante para ambos países de tener una relación constructiva en todos los planos. Nada haría más feliz a los Estados que son rivales estratégicos de los Estados Unidos a nivel mundial, y ni que decir a las redes del terrorismo internacional, así como a las organizaciones dedicadas al tráfico ilegal de drogas y personas, que un descarrilamiento y un agudo deterioro de la relación entre ambos países.

En Brasil, las principales encuestas electorales, que ya no incluyen a Lula da Silva entre los candidatos a las próximas elecciones a fin de año, colocan al capitán retirado y paracaidista del Ejército, Jair Bolsonaro, como líder. Este polémico dirigente político, pese a ser diputado desde hace casi treinta años, haber ya presidido importantes comisiones en esa Cámara y tener a sus tres hijos en la política activa, ha logrado mostrarse para un importante segmento del electorado como lo nuevo y lo opuesto a la política tradicional, sospechada de corrupción y negociaciones espurias. De manera bastante similar a lo logrado por López Obrador.

En el caso de Brasil, el terremoto político que generó en los últimos años el proceso judicial del Lava Jato no ha hecho más que colocar a este tema, junto a la inseguridad y el desempleo, en el centro de la escena. La línea discursiva de Bolsonaro es de fuerte contenido anticomunista y abierta crítica del castrismo y el chavismo. Asimismo, destaca los valores religiosos, con fuerte alineamiento con los sectores evangelistas, más y más fuertes en Brasil, y la familia. Todo ello complementado por mano dura en materia de lucha contra la inseguridad y el narcotráfico. Los recientes terremotos políticos en Brasil, así como la crisis económica, la más aguda en muchas décadas, han llevado a que más de un tercio de la población no vea mal la instauración de un gobierno militar. Desde ya, las Fuerzas Armadas no tienen ningún interés en tomar ese sendero. Aun así, este desolador panorama pos Lava Jato ha alentado la presentación de unos ochenta candidatos a cargos legislativos y regionales provenientes del mundo castrense.

Otra característica novedosa de Bolsonaro es su discurso de elogio y admiración hacia Estados Unidos, algo que desde comienzos de los 70 había estado ausente, al menos de manera tan frontal, en el vocabulario político de los gobiernos del Brasil, sean del período militar o el democrático.

Otro factor que marca puntos de coincidencia entre lo que viene ocurriendo en Brasil y México es la aguda e inédita crisis que presentan dos partidos históricos y verdaderos colosos electorales como eran el PT y el PRI. En el caso del primero, no se descarta que no presente candidato presidencial propio y, en su lugar, termine apoyando a un no afiliado al partido como es Ciro Gómez. En el caso del PRI, casi todas las encuestas lo colocan en un lejano tercer lugar.

Al momento de reflexionar sobre la postura a asumir por parte de nuestro país frente a las dinámicas novedosas que se vienen dando tanto en México como en Brasil, con un supuesto giro hacia la izquierda, el primero, y hacia la derecha en el otro, pocas dudas caben de que nuestra diplomacia puede y debe articular una relación fluida y cooperativa, sabiendo diferenciar las retóricas y las necesidades políticas propias de la política doméstica que ambos líderes, de ganar, tendrán en sus primeros meses o año de gobierno, de los intereses estratégicos y de largo plazo que nos vinculan con ambos Estados.

Asimismo, lo visto hasta aquí también es un recordatorio a nuestras élites políticas sobre la necesidad de prudencia y una visión que vaya más allá de la coyuntura y el muy corto plazo. La licuación de dos gigantes como el PRI y el PT, el colapso judicial de Lula, la destitución de Dilma Rousseff y un Peña Nieto que comenzó su presidencia con niveles impactantes de respaldo popular para llegar a los extremadamente bajos índices de hoy, son un llamado de atención para nuestra dirigencia y en especial para los aprendices de brujos y su "cuanto peor, mejor". Más todavía cuando no hay miles de millones de dólares en privatizaciones como en los 90, ni boom de la soja ni la plata dulce de Venezuela comprando bonos argentinos para revenderlos rápidamente, como a comienzos del siglo XXI, que sirvan para apagar eventualmente los incendios fundacionales que quizás cruzan por sus cabezas en días de excitación y ansiedad.