El nuevo manual de instrucciones del botón rojo de Trump

Infobae. 11 de febrero de 2018.

La revisión pone el acento en la necesidad de adaptarse a un mundo que no es el de Guerra Fría ni el de la unipolaridad americana por 1989.

Pocas semanas después de que la Casa Blanca diese a conocer la nueva estrategia de seguridad nacional, en la primera semana de febrero fue publicada la revisión de la postura nuclear de los Estados Unidos. Un documento que marca, sin entran en mayores detalles que obviamente se reservan para la versión secreta y clasificada, la visión que Washington tiene sobre los medios y sus usos en este campo tan sensible para la supervivencia humana. Desde ya, quién no ha visto películas en donde en algún momento aparece una valija muy vigilada que acompaña al Presidente americano en todo momento. La famosa valija del mítico botón rojo, desde donde se activa la decisión final del uso de armamento nuclear.

El documento en cuestión es relativamente breve y contundente. Ya despertó críticas. En mucho casos con argumentos más que endebles, tal como ligar la volcánica personalidad de Donald Trump con un armamento de destrucción masiva. Sin duda un profundo desconocimiento de los frenos y los contrapesos que existen en Estados Unidos en este y otros temas sensibles y estratégicos. Yendo a su contenido, indudablemente la línea argumental central es la necesidad de mantener actualizado y plenamente operativo el arsenal de cabezas nucleares y vectores de lanzamiento desde agua, aire y tierra. Tomando en cuenta las fuertes inversiones y los avances tecnológicos que vienen llevando a cabo China y Rusia en este campo, y en mucha menor medida potencias regionales como Corea del Norte e Irán.

Todo ello bajo una polémica, pero a mi entender realista consigna: el Pentágono debe contar con una amplia gama de opciones al momento de elegir el tipo y la potencia de armamento nuclear que se deberá usar frente a cada escenario bélico. En otras palabras, no basarse meramente en cabezas nucleares de inmensa potencia destructiva, pensadas para guerras de exterminio frente a Rusia o China, sino también el eventual uso táctico o limitado del poder nuclear contra Estados y actores no estatales. En otras palabras, más y mejores bombas nucleares de 20 kilotones o menos (un kilotón son mil toneladas de explosivo TNT) similares o aun más chicas que las usadas en Hiroshima y Nagasaki en 1945. De esta forma, no depender tanto de la presencia casi absoluta de bombas nucleares de 100 a 300 kilotones y aun de las megabombas de tres megatones (cada megatón equivale a mil kilotones) o más. Desde ya, estas últimas seguirán estando presentes en una cantidad igual o levemente mayor, pero acompañadas de un más heterogéneo y flexible arsenal de explosivos atómicos para usos más limitados.

A modo de ejemplo, el documento destaca cómo un eventual ataque cibernético masivo y dañino a los Estados Unidos podría responderse a partir de ahora con un ataque nuclear. Así como también un hipotético hecho terrorista catastrófico contra la superpotencia. En todo momento la revisión pone el acento en la necesidad de adaptarse a un mundo que no es el de Guerra Fría ni el de la unipolaridad americana por 1989. El actual y presente orden es de rasgos más multipolares y con la ascendente presencia de actores no estatales en condiciones de llevar a cabo actos terroristas de magnitud, y que han mostrado interés en saber emplear dispositivos químicos, biológicos e incluso nucleares. En otras palabras, no hay una sola medida, sistema de arma o empleo para responder a tan diversos escenarios.

¿Cómo lograr esa mayor flexibilidad? Básicamente darle un renovado y potenciado uso de misiles cruceros de vuelo horizontal y furtivo con alcances de entre 400 y 1000 kilómetros, con cabeza nuclear de 20 kilotones o menos. Tanto lanzados desde submarinos como desde aviones bombarderos.

El tradicional principio de la tríada nuclear (submarinos, aviones y misiles lanzados desde tierra) en que se basó la estrategia nuclear americana de la década de los 60 al fin de la Guerra Fría es considerado por la revisión como útil y que se debe preservar, aunque adaptándolo a la nueva realidad. Para ello establece cuáles son los pasos a seguir: los 14 submarinos nucleares de la clase Ohio dotados de misiles balísticos de largo alcance Trident II se irán complementando y reemplazando por 12 nuevos submarinos de la clase Columbia. Los 400 misiles balísticos basados en tierra o ICBM del tipo Minuteman III serán modernizados y gradualmente sustituidos por misiles más modernos. También 42 aviones bombarderos de largo alcance B 52 y 20 aviones B2. Ya comenzó el desarrollo de una nueva familia de bombarderos, el B 21.

Finalmente, advierte que habrá un renovado y fuerte énfasis en la no proliferación de armamento nuclear y de lanzadores entre países y actores no estatales, como grupos terroristas. Así como buscar revertir algunos casos de Estados que ya tienen y también evitar que otros lleguen a este tipo de armamento. Sin duda, Corea del Norte e Irán, respectivamente. Tomar en cuenta el creciente desafío que representan China y Rusia no implica dejar de establecer bases en común para controlar la proliferación de armamento nuclear y la seguridad de sus arsenales.