"Memoria e Influencia" - Pinturas

Duilio Fonda.

Del 8 de noviembre al 14 de diciembre del 2012
Vernissage: 15 de noviembre 2012 a las 18:30 h.

La muestra se puede visitar de lunes a viernes de 14 a 19 h. Espacio de arte UCEMA.
Reconquista 775, de 14 a 19 h. 2˚ subsuelo, Ciudad de Buenos Aires.

Sería muy difícil explicar cómo llegamos a ser lo que somos, pero más difícil aún es concebir eso que somos sin tener en cuenta todas las influencias que desde niños nos van moldeando, y de alguna manera, van condicionando también nuestra visión de lo que nos rodea. La actividad artística, más que ninguna otra, está determinada por una serie de circunstancias que abarca un amplio espectro de la vivencia humana. Trabaja desde nuestras primeras impresiones infantiles hasta las más profundas convicciones intelectuales. Se desarrolla a través de nuestros movimientos más rudimentarios hacia formas que requieren una alta dosis de virtuosismo. El arte empieza y termina con el hombre, lo acompaña en su desarrollo, sin importarle su contexto histórico-político-social. Hay un arte para todos y cada uno de nosotros y a la vez es tan abarcativo que trasciende todas las barreras del idioma y la nacionalidad. El mundo creado por el arte es un mundo de luces, sonidos, aromas, forma y movimiento, en constante mutación, un mundo que, en el mejor de los casos, puede liberarnos de ese otro mundo, creado por nuestra naturaleza más obscura, el ejercicio del poder, la crueldad y el sufrimiento.
En mi caso, no sabría explicar cómo llegué a dedicarme a la actividad artística, pero creo que, en principio, fue como en la mayoría de los casos, un acto de rebeldía adolescente, acto que luego devino en una elección de vida, con toda la responsabilidad que eso supone. El escenario de mi niñez fue el puerto de La Boca, de allí mis primeras impresiones. Provengo de una familia relacionada íntimamente con el puerto, mi viejo era técnico en desgasificación de buques y mi tío buzo industrial. Recuerdo los talleres y las barracas, el olor a fierro oxidado y alcanfor, las escafandras y los zapatones de plomo, las caminatas con mi viejo por Pedro de Mendoza, orillando un puerto que ya empezaba a sucumbir ante una realidad cruda y decadente; más tarde comprendería que lejos estaba ese puerto metafísico y quieto, de ese otro, pintado por Quinquela, cargado de trabajo y esperanza. Pero lo que más me llamaba la atención en esas caminatas eran los pintores, algunos apostados sobre la rivera, otros, en alguna esquina, con sus cajitas abarrotadas de pomos de óleo, traduciendo en trazos de color eso que mis ojos habían visto tantas veces. Sí, el recuerdo de esos personajes, pintores y bohemios de La Boca, me marcaron sin darme cuenta. Fue mucho después, pasada ya la adolescencia y luego de un largo proceso de búsqueda más o menos desesperada, en un contexto social aún más desesperado y oscuro, la guerra sucia que desencadenaría el golpe militar del ´76, que me encontré transformado yo mismo en uno de esos pintores.
Mucho influyó en esa decisión la necesidad de creer, como la mayoría de los jóvenes de esa época, que se podía cambiar el mundo, ese mundo de posguerra sumido en la amenaza constante de los modelos impuestos desde el poder a través del terror y la fuerza, pero más determinó esa decisión la experiencia vivenciada en el taller de Magallanes y Garibaldi, lugar de resistencia cultural, emplazado en pleno corazón del barrio. Y digo resistencia porque, a la encarnizada guerra ideológica de aquella época se le oponía, en ese espacio, una profunda convicción de que, a través del arte y no de la violencia, se podían disipar las diferencias. El espacio funcionaba en lo que había sido el taller de Fortunato Lacámera, pintor emblemático de La Boca. En él se mezclaban actividades e ideologías, tomando el arte, y en especial la pintura, como hilo conductor. En él se cruzaban pintores ya consagrados a su oficio con gente que, como yo, buscaba aún su camino. Se pintaba a toda hora, bastaba con llegar, tomar un caballete, unos pomos de óleo y pintar. Las puertas del taller siempre estaban abiertas, siempre había alguien con quien compartir unos mates, un vino, una charla; y así uno aprendía casi sin darse cuenta. Por ahí pasaron: Alberto Jaime, Mario Mosteiro, Aldo Grau, Juanillo González, quienes me introdujeron en el universo constructivista de Joaquín Torres García, a través de su pintura y sus consejos. Recuerdo también a Fredy Martinez Howard, Jorge Martini, Eduardo López y Daniel Habegger, discurriendo en largas charlas sobre la importancia de la línea y el color; compartí el caballete con muchos que hoy están dedicados a la pintura o la enseñanza como: Sergio Horvat, Antonio Giampietro, Rigoberto Gavilán Nola, Pablo Miño; y muchos otros que si bien no se dedican al arte, recuerdan al taller como una experiencia transformadora. Vaya pues mi agradecimiento y un pequeño homenaje transformado en pintura a todos aquellos que han pasado por el taller y a todos los artistas que ejercen silenciosamente el oficio, más allá de su reconocimiento.
Duilio Fonda.