El Cine Imperdible: 14/11/2016

Belle toujours


Portugal / Francia, 2006
Dirección: Manoel de Oliveira
Intérpretes: Michel Piccoli, Bulle Ogier, Ricardo Trêpa, Leonor Baldaque, Júlia Buisel
Duración: 70 minutos
Género: drama

Sinopsis

38 años después de Belle de jour de Luis Buñuel, dos personajes de la película vuelven a cruzarse con el misterio de un secreto que sólo conoce el personaje masculino y cuya revelación es imprescindible para el personaje femenino. Aunque ella lo evita, él sigue sus pasos hasta que finalmente consigue que le preste atención al confesarle su intención de revelarle el secreto. Fijan una cita, una cena durante la cual ella, ahora viuda, aguarda la esperada revelación: qué es lo que él le dijo a su marido cuando éste estaba mudo y paralítico por un disparo efectuado por un amante de ella.

Comentario

En sólo sesenta y ocho minutos, el centenario director portugués Manoel de Oliveira plantea un film lúdico como homenaje a Luis Buñuel y a Jean-Claude Carrière, director y guionista, respectivamente, de Belle de Jour (1967). Para ello, De Oliveira propone un posible reencuentro, casi cuarenta años después, entre dos personajes de aquella película inquietante de Buñuel, donde Catherine Deneuve interpretaba a Séverine, una mujer frígida en el lecho marital, pero desenfadada y ardiente en el del burdel.
Además de Séverine, De Oliveira escoge al personaje de Henri Husson, nuevamente interpretado por Michel Piccoli, como aquel amigo del esposo, que intuyendo las pulsiones de la mujer, le recomendaba con cierta perfidia, el burdel donde ella daría rienda suelta a sus fantasías. El encuentro entre ambos es casual, y se da por sentado que el espectador conoce la historia inicial, aquella en la que los dos, hace treinta y ocho años, mantenían una relación sadomasoquista, donde el deseo de uno era frenado por la otra. Ahora, ella escapa de la mirada (y de la búsqueda) intensa de Husson, hasta que es atrapada en su atormentada curiosidad... Curiosidad que hasta el final del film no sabremos si será saciada.
Construida como un fresco, en el que las imágenes se encadenan a través de planos de París, evocativos del mejor Carrière, el descubrimiento de Séverine, por parte de Husson, se asemejará a la persecución del ratón por parte del gato, donde el cazador (Husson) sabrá que la presa (Séverine) es suya, sólo tiene que arrinconarla... Su búsqueda se iniciará con el film, que nos muestra en plano general a una orquesta interpretando el último movimiento de la 8ª Sinfonía de Dvorák, con una fanfarria que predispone positivamente al espectador y que se contrapone al ritmo moroso de las escenas que veremos a continuación.
De Oliveira contará en pocos y muy largos planos la búsqueda y el encuentro entre los protagonistas. Se ayudará con un constante juego de espejos, no sólo planteado como reto formal en el que la cámara no se delata, sino que también nos mostrará, en un intento por acercarnos al personaje de M. Husson, el otro lado de la realidad. Así, veremos panorámicas de la ciudad durante el día y la noche, con su aspecto mundano y cosmopolita: la torre Eiffel, o con su aspecto sagrado: Sacre Coeur. Frente al hotel Regina, la estatua ecuestre de Juana de Arco atrapará su atención en más de una oportunidad, para descubrir que bajo el dorado metal pareciera haber alguien espiando a través del ojo del caballo... ¿Ilusión o realidad? No importa, nos define al personaje, un M. Husson que busca ver más allá de lo permitido.
Las dos escenas más extensas, en las que se apoya el film, poseen un alto grado de intimidad. La primera, en el bar, donde se lleva a cabo la conversación de M. Husson con el joven que lo atiende, entre tragos de whisky y una charla que intenta ser sólo un pasatiempo, pero que, en realidad, se convierte en revelación. Una manera de presentar el estado de las cosas a aquel espectador que no ha visto (y no digo que no recuerde, porque es imposible no recordarla) la película original que lo inspiró. En esa conversación se enfrentarán amablemente aquel que todo lo sabe de oídas y el hombre experimentado, quien metafóricamente domina la situación al tener la escena ampliada por un gran espejo que nos muestra la espalda de su interlocutor, mientras ignora, con cierto desdén, aquello que se revela más groseramente: las dos prostitutas que escuchan la conversación.
La otra escena a la que nos referimos es la de la cena, donde se lleva a cabo el encuentro más íntimo entre Husson y Séverine. Rodada en tiempo real, desde que ingresan los camareros con el servicio hasta el final de la película, está maravillosamente compuesta, en el trajín de los sirvientes, la espera ansiosa, la llegada tan deseada, la comida, la seducción de Husson y el desenlace. En ese ambiente refinado, iluminado por la luz de las velas, seremos testigos de un duelo perverso. Aquí nuevamente, Husson buscará en los cristales de los ventanales el reflejo de aquello que no se ve a simple vista. Esa será su arma, conocer algo más de su contrincante para poder dominarlo.
De Oliveira nos presenta a un Husson voyeurista (esa continua búsqueda en los reflejos), fetichista (la atracción que le provoca una cabellera pelirroja, aunque sea artificial), fabulador e imprudente (su incontinente necesidad de contar su historia como si fuera la de otra persona), seductor, arrogante y extravagante (el desdén con que ignora a las prostitutas del bar, el desprecio con el que arroja la propina sobre la mesa), en fin, un poco maldito e hipócrita, que goza con la desesperación de su presa. En cambio, el personaje de Séverine (es una pena que Catherine Deneuve haya declinado la invitación a re-interpretarla y haya quedado en manos de Bulle Ogier) está menos delineado, o mejor dicho, su construcción es más burda, desigual, porque nos muestra a una mujer aparentemente recatada y escurridiza, que pretende pasar el fin de sus días en un convento. No hay nada de la Séverine que nos sedujo con sus contradicciones traumáticas, con su comportamiento perverso, con su encanto juvenil. El personaje de Séverine ha cambiado, pero no ha crecido. En cambio, el de Henri Husson se ha impregnado de los trazos más retorcidos de su personalidad. Sigue siendo el mismo, pero con algunas de sus características más acentuadas.
La presentación de aquella caja inquietante, que sembró tanta curiosidad entre los espectadores de Belle de jour aparece en la cena como un tour de force ineficaz, pues sólo funciona como ícono de la película original, aunque en realidad, no cumpla más función que el pretexto (que no es poco) para que se encuentre la pareja en una escena anterior que vemos "desde afuera y desde lejos". A pesar de lo que crea la mayoría, no es ese el verdadero guiño cinéfilo, sino la imagen final, sutil toque surrealista, con el que se firma el verdadero homenaje al maestro Buñuel. Liliana Sáez