El tipo de cambio real adecuado no debe ser ni alto ni
bajo: es aquel que es consistente con un buen nivel de empleo laboral y
una rentabilidad satisfactoria para las actividades locales que compiten
internacionalmente (que necesariamente no pueden ser todas), y que al mismo
tiempo viabilice la importación de insumos o productos para los
que, por escala o especialización, resulte muy costosa la elaboración
local.
En otras palabras, el tipo de cambio no debe ser tan alto que induzca
a la emigración, ni tan bajo que induzca a la inmigración
masiva; no debe ser tan alto que aliente a la exportación de todo
lo exportable ni tan bajo que incentive la importación de todo lo
importable.
Vivir con lo nuestro
El planteo de “vivir con lo nuestro” equivale a que, en el plano personal,
cada uno se las arregle como para ser su propio dentista, mecánico,
peluquero o maestro, lo cual claramente reduce el nivel de vida.
Dependemos de lo otros, y el tipo de cambio es un nexo con el resto
del mundo que permite comerciar con ventajas mutuas. El tipo de cambio
debe tener un nivel que logre maximizar el empleo e incentivar la producción
pero sin llegar a reducir el bienestar tratando de producirlo todo.
En los últimos 30 años hemos tenido niveles de tipo de
cambio muy altos y muy bajos. Ambas situaciones generaron, con el tiempo,
reducciones en el bienestar. Esta experiencia nos dice que el tipo de cambio
real no lo deciden los gobiernos unilateralmente y en forma aislada. El
nivel del gasto público excesivo, financiado con emisión
o con deuda, más temprano o más tarde lleva a la volatilidad
en el tipo de cambio, independientemente de los niveles deseados por los
gobiernos. (Especial para LA GACETA)