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Después
de acumular ganancias de 9,3% en dólares desde diciembre
de 2006 y de 111% desde setiembre de 2002, las acciones de los
mercados desarrollados cedieron 3%, de forma aguda en los últimos
días de julio. Al principio de la súbita caída,
las interpretaciones de los analistas fueron las usuales en estos
casos: que se redujo el «apetito por el riesgo», que
el mercado de acciones mostraba alegre exuberancia, y que los
consumidores de EE.UU. dejarían de comprar bienes. Pero
lo que coincidió con la caída fue la súbita
e inesperada dificultad de los bancos de inversión para
seguir procurándoles a sus clientes el fácil
financiamiento para concretar las compras de empresas que se
venían realizando semanalmente por montos
multimillonarios. Es que se había secado el mercado
por las pérdidas que día a día fueron
sumando nombres, por sus tenencias de bonos hipotecarios de menor
calidad.
El problema es principalmente con los bonos
respaldados por hipotecas llamadas ARMs, de tasa de interés
ajustable, que se otorgaron en la época de tasas de 1% en
2003 y 2004 de la última era Greenspan, y para colmo por
montos que en muchos casos superaban el valor de las propiedades.
El siguiente continuo aumento de tasas de interés
hasta el actual nivel de más de 5% no sólo aumentó
considerablemente el valor de las cuotas ajustables, sino que
desinfló el valor de las propiedades.
Como
consecuencia, muchos hedge funds y prestamistas hipotecarios, que
compraron los tramos más riesgosos de estos bonos, se
encuentran con carteras cuyo valor simplemente se esfumó.
La volatilidad actual de los mercados está
originada por la falta de cifras ciertas sobre la magnitud del
total de las pérdidas y de los nombres de los bancos y
fondos involucrados. Bernanke, como presidente del banco
central estadounidense, públicamente salió a dar
una estimación de 100.000 millones de dólares,
número que él y la mayor partede los analistas
coinciden en que no es una cifra importante en relación
con el valor del mercado de acciones y bonos. Sin embargo, a
medida que hora a hora se van sumando más nombres a la
lista de fondos quebrados, la incertidumbre y el nerviosismo
aumentan, en especial cuando hoy aflora que el problema no sólo
afecta a los EE.UU., sino que se expande a fondos hipotecarios en
Europa y Asia.
Pregunta
relevante
¿Por qué altera esto tanto
al mercado de acciones? La pregunta es relevante, especialmente
tomando en cuenta que las ganancias empresarias vienen subiendo
fuertemente en el contexto del actual crecimiento mundial casi
sin precedentes.
En
primer lugar porque un importante componente de los índices
de acciones de los mercados desarrollados es el sector
financiero, que es propietario de divisiones de préstamos
hipotecarios y frecuentemente receptor de los fondos de los
hedge funds.
En segundo lugar, porque no pocos
analistas atribuyen la gran suba de las acciones a las compras
de empresas financiadas con deuda. Según esta
interpretación, si el mercado de deuda se seca, los
precios caerán.
En tercer lugar, porque en la
economía de EE.UU. se prolongaría la recesión
en el destacado sector de la construcción residencial,
que tiene un efecto multiplicador en las ventas de bienes de
consumo durable y propaga los efectos al consumo total. En
tanto, el dinero fluye en un «flight to quality» a
los bonos soberanos, aumentando su valor y reduciendo su
rendimiento a niveles de 4,78% para los bonos del Tesoro a 10
años.
Para los bonos soberanos emergentes, el
cuadro es diferente: no se los considera «quality»,
pero el hecho de que los fundamentos de la mayoría de los
emergentes haya mejorado sustancialmente en los últimos
años, en performance fiscal, balanza comercial,
inflación, crecimiento y calificación hace que las
bajas no sean tan pronunciadas como lo hubieran sido unos 10
años atrás.
El escenario para las acciones
internacionales es incierto en tanto se vayan desarrollando las
noticias que confirmen o desmientan los peores temores sobre la
gravedad del problema de las pérdidas hipotecarias. Por
tanto, es muy probable que a medida que los hechos confirmen ser
peores o mejores que lo sospechado por los analistas habrá
fuerte volatilidad.
Durante
el duro proceso quizá resulte tranquilizador que las
valuaciones actuales de las acciones son históricamente
más que razonables en función de las ganancias y
las tasas de interés: las relaciones
precio-utilidad (price earnings) son actualmente de 15,5 para
los mercados desarrollados y de 13,6 para los emergentes, muy
por debajo de la burbuja del 2000.
Pero lo que hoy está
en duda son justamente las futuras ganancias.
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