Gasto público y competitividad

La Nación. 25 de octubre de 2016.

Hace 40 años que dicto la materia Comercio Internacional. Empecé en Columbia, Nueva York, luego Princeton y por décadas en Ucema. Este cuatrimestre me toca nuevamente y enfrento una nueva generación de jóvenes fascinados (creo) con el tema. Cada tanto pienso que soy un inútil ya que la teoría está escrita hace décadas. Pero en Argentina no hay nada escrito. Los dilemas clásicos vuelven siempre: proteccionismo, lobbies, atraso cambiario, deuda externa, costo argentino, competencia desleal, y sigue la lista.

La teoría clásica del comercio supone dos productos: exportables (¿agro?) e importables (¿industria?). La práctica indica que hay un tercer bien: activos financieros, ahorro externo o endeudamiento. Lo último es lo más relevante (y problemático) en Argentina.

Se dice que los países exportan para pagar las importaciones. Si prohíbo importar, equivale a prohibir exportar, ya que las exportaciones no servirían para nada. El costo del proteccionismo lo paga el sector exportador y, peor aún, el consumidor de productos importables que suben de precio, sin que haga falta un impuesto.

El Gobierno se endeuda para pagar sus gastos. Cuando el Tesoro ingresa las divisas producto de su endeudamiento, se alteran los mercados de capitales y de divisas. Dependiendo del sistema cambiario vigente, se generan diversas alteraciones en la trayectoria del tipo real de cambio, ya sean transitorias o permanentes. Hay volatilidad.

Invertir en marca

La volatilidad en las reglas del juego es lo peor que puede existir para el sector exportador de productos no-rentísticos. Rentístico es un sector que usa un factor que es inamovible (hasta cierto punto, la tierra se puede abusar con bajo precio, pero eventualmente cae la productividad también). Para exportar hoy día productos diferenciados exportables, hace falta no sólo inversión en capital físico sino también en lo que se denomina marca. O sea, hacer conocer el producto en los mercados externos y desarrollar las redes de distribución necesarias, incluyendo el acceso a las góndolas de los supermercados. Todo eso cuesta muchísima plata.

El mejor caso es el del vino, que Chile supo manejar de modo excelente hace décadas. La marca Chile en vino es mundialmente reconocida. Han invertido en ella. Y parte de ésta inversión se debe a la maravillosa estabilidad macroeconómica.

Argentina tiene marcas iguales y mejores que las chilenas pero sus productores enfrentan la desventaja de la inestabilidad del tipo real de cambio. Para qué gastar en publicidad, ferias y distribución, si llegado el momento de vender en Londres, el Gobierno se endeuda para financiar un bonus navideño e inunda el mercado con dólares, bajando el tipo de cambio y fundiendo al potencial exportador que tanto había invertido.

Impacto en el tipo real de cambio

En pocas palabras: la trayectoria del endeudamiento externo del sector público tiene fuerte impacto sobre el tipo real de cambio y éste afecta gravemente la estrategia inversora del sector exportador que todos deseamos desarrollar. Es hora que el sector público deje de desincentivar actividades que la sociedad quiere impulsar.

Los impuestos son otro problema que afecta a la Argentina. A la ineficiencia del gasto público asistencialista y su financiamiento, se suma la impagable carga impositiva, que hemos estimado en superior al 70% en el Centro de Economía Aplicada de la Ucema. El que paga impuestos en Argentina sólo recibe el 30% de su trabajo. No es sorpresa que haya colas de kilómetros para comprar en Chile cosas que cuestan el 30% de lo que valen acá.

Basta de deuda externa, de gasto populista, de aumentar impuestos. Bajen el gasto. Esa es la receta para desarrollarse en el sector externo y para que todo el país crezca como se debe.