Los hechos ya no importan

La Nación. 4 de noviembre de 2017.

"Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la imaginación y el razonamiento", escribió Borges en "Utopía de un hombre que está cansado". Parece una expresión apta para describir los tiempos en que vivimos, especialmente si eliminamos las últimas tres palabras. El razonamiento hoy es cada vez más escaso.

Se podría pensar que lo que describe el personaje de la utopía borgeana es el realismo mágico, un género narrativo que hizo furor en la literatura latinoamericana en los años 60 y 70. Uslar Pietri lo definió como "una adivinación poética o una negación poética de la realidad". En realidad, consiste en alterar la realidad introduciendo al relato hechos fantásticos que son narrados de un manera que hace que al lector le parezcan verdaderos.

Aunque sus máximos exponentes vienen del norte de Sudamérica -Carpentier y García Márquez-, el realismo mágico ha calado de manera profunda en la Argentina. Pero no necesariamente en su literatura, sino más bien como la cosmovisión predominante de gran parte de la sociedad. Para quienes la han adoptado, la realidad no es tan interesante, ni tan estimulante, ni tampoco ofrece tantas recompensas emocionales y psicológicas como su ficcionalización. En esto contradicen al genial Mark Twain, según quien la realidad -o más bien la verdad- siempre superaba a la ficción, ya que sus posibilidades eran infinitas. Lo que viene ocurriendo en la Argentina en los últimos 70 años le da la razón a Twain. Convertir a un país rico en un país pobre en tan poco tiempo hubiera resultado inverosímil en 1946. Pero es la realidad.

El fabulismo tiene una larga tradición en nuestro país. Alberdi observó hace más de un siglo que, "acostumbrado a la fábula", nuestro pueblo no quería cambiarla por la historia. En realidad lo que estaba diciendo es que preferimos la fábula a la realidad, ya que la historia es simplemente una narración documentada de hechos pasados. La Argentina es el paraíso del posmodernismo de Derrida y Foucault en el que la verdad es una ficción. Pero como es importante, es necesario "construirla".

Esta afición por la fábula profundiza la famosa grieta de la que tanto se habla. Primero porque parte de un relato imaginado al que se agregan una serie de hechos reales y otros inventados que no admiten refutación. Además, la narrativa subyacente está arraigada en un sentimiento y encaja con una sensibilidad muy subjetiva. De ahí que entre uno y otro lado de la grieta haya un abismo infranqueable. Quienes abrazan la fábula no pueden admitir el desacuerdo, al que consideran una afrenta personal. De ahí su reacción intolerante, agresiva y a veces violenta hacia quienes no piensan (no sienten) como ellos, lo cual provoca un círculo vicioso difícil de romper.

La grieta no refleja un desacuerdo sino la negación del desacuerdo. Como lo explicó brillantemente Bret Stephens, un columnista de The New York Times, el arte del desacuerdo -que ha sido una de las bases del progreso de la humanidad en los últimos quinientos años- consiste en comprender cabalmente cómo piensan aquellos con quienes no coincidimos para así poder refutarlos. Rousseau estaba en desacuerdo con Hobbes y Locke, pero sabía mejor que nadie cómo pensaban. Marx puso a Hegel patas arriba, pero había estudiado profundamente su pensamiento.

El desacuerdo es la consecuencia lógica de la libertad de expresión y pensamiento, principio elemental de una sociedad verdaderamente democrática. Pero como en el cuento de Borges, parecería que hoy los hechos ya no importan. Si contradicen la fábula simplemente hay que cuestionarlos, desacreditarlos o silenciarlos. Es decir, redoblar la apuesta por la ficción. Ésta es la manera de eliminar lo que los psicólogos llaman "disonancia cognitiva".

En la Argentina la afición por la fábula predomina en el mal llamado "progresismo", que en realidad es un apostolado por lo opuesto, es decir, la decadencia. Y puede parecer curioso que lo mismo esté ocurriendo con la extrema derecha en Estados Unidos, donde Trump se ha convertido en el paladín de la realidad alternativa. ¡Foucault se debe de estar revolviendo en la tumba!

Esta coincidencia no es casual, ya que el populismo -tanto de izquierda como de derecha- requiere la construcción de un relato ficticio que no apela a la razón sino a los sentimientos. Fue Hitler quien dijo que para "conquistar las grandes multitudes se debe conocer la llave que abre la puerta a sus corazones".

Todo esto encierra una gran ironía. Hoy somos testigos de la revolución tecnológica más rápida y disruptiva de la historia de la humanidad. Y esta revolución es consecuencia de la aplicación sistemática del método científico, que requiere la postulación de una hipótesis y su verificación empírica, algo que la realidad alternativa no admite. Sin embargo, gracias a Internet y las redes sociales, esta realidad alternativa es compartida y retuiteada ad eternum sin ningún tipo de filtro o edición, alcanzando así una inmensa audiencia.

Las redes sociales también fomentan la ilusión de que todas las opiniones tienen el mismo peso, lo cual puede ser cierto respecto de temas personales, pero es un disparate si se lo generaliza. De esta manera empoderan la necedad. Que todos tengamos derecho a expresarnos no significa que todas las opiniones sean igualmente válidas. Cuando se trata de física cuántica, mi opinión no tiene el mismo peso que la de Einstein. Lo mismo ocurre en cualquier tema que por su complejidad requiere una investigación que la mayoría de los mortales no podemos o no queremos realizar (y que no elimina por completo la posibilidad de error).

La realidad alternativa que fomentan y amplifican las redes sociales y la profundización de la grieta degradan la convivencia democrática. No es una cuestión fácil de resolver. El mejor antídoto es que periodistas y dirigentes políticos y sociales asuman su responsabilidad y lideren con el ejemplo mostrando tolerancia, respeto y racionalidad en el debate público.