Capital social: ¿enfermos de sospechas y desconfianzas?

Infobae. 24 de noviembre de 2017.

Juan es profesor de filosofía y se dirige a un bar cercano a sus aulas. Frente a la barra, pide un café. Una vez bebido, permanece en el lugar con la mirada en dirección a las empleadas, pero con la mente perdida en todo tipo de pensamientos ligados a su próxima clase. En rigor la actividad de las camareras hace de inspiración para su inmediata exposición referida a la coordinación de los miembros de un equipo de trabajo. Pero el personal del bar interpreta que su larga permanencia allí molesta a las empleadas y así se origina una situación desagradable por sospechar sobre un comportamiento fuera de lo común.

Andrea, una joven adolescente, organiza un sorteo para financiar la construcción de una pequeña sala de juego para un barrio extremadamente carenciado. Cuando le pide permiso al cura de su parroquia para vender los tickets frente a la puerta del templo, éste se lo niega temiendo que la Iglesia quede sospechada de hacerse de fondos indebidamente.

Ernesto está en la fila del supermercado. Atrás suyo, espera una madre con un niño de unos cuatro años. Él le ofrece un caramelo, pero la señora lo mira con furia y desiste de entregarlo.

¿Son estos casos de la vida real? Lamentablemente, sí. Nuestra sociedad parece estar enferma de sospechas y desconfianzas.

Al quebrarse la confianza y emerger como constante la "sospecha", la acción de las personas, para actuar en un grupo de interacción favorable a los intereses de la comunidad, tiende a decaer.

Dicen que los gansos cuando levantan vuelo para viajar, se disponen en una formación de "V". Esta alineación geométrica tiene un argumento propio de la aerodinámica. El batido de las alas de aquellos que van adelante genera una corriente de aire ascendente que facilita la tarea de los que vuelan por detrás. Y que los que viajan atrás de la formación, graznan a los delanteros, para alentarlos a conservar el rumbo y la velocidad. Estos alados ejemplares muestran un exquisito comportamiento que es un magnífica imagen de lo que es el capital social, basado en la confianza.

Alexis de Tocqueville advierte que: "No estando ligados los hombres entre sí de un modo sólido y permanente no puede lograrse que un gran número obre en común". Obviamente, debe referirse a la confianza mutua.

Más recientemente, Francis Fukuyama, autor de El Fin de la Historia, afirma que "la vitalidad del capital social es esencial para el funcionamiento del mercado y la democracia". Esto significa que tanto el gobierno como las comunidades deben asegurarse que la confianza y los valores aumenten, con el fin de facilitar el trabajo y de mejorar sus resultados.

Todas las formas de capital –sea físico como intangible– son activos que brindan beneficios y que, simultáneamente, hacen los procesos productivos más eficientes. Desde esta perspectiva, el capital social constituye una acumulación de activos sociales, psicológicos, culturales, cognoscitivos e institucionales. Estos últimos inducen al desarrollo de un comportamiento cooperativo mutuamente beneficioso para las personas que lo poseen y para la sociedad en general.

La confianza interpersonal ha sido ampliamente analizada por la prestigiosa Corporación Latinobarómetro. Para América Latina, su reciente informe dice: "El resultado de 2017 marca un punto distinto de años anteriores porque alcanza un promedio nacional más bajo desde que se empezara a medir en 1996, de sólo 14%." Así, ha bajado al menor ratio de los últimos 20 años en la región. Chile y Ecuador están en primer lugar con un 23%, seguido de Argentina, con un 20 por ciento.

La disponibilidad de la gente para cooperar en el logro de un objetivo común es una ventaja competitiva esencial. Este grado de cooperación es distinto de una sociedad a otra y el concepto de capital social trata de recoger esa propensión a la cooperación en las diferentes sociedades.

Es importante tomar conciencia sobre cómo un comportamiento coordinado puede mejorar los beneficios individuales esperados. Se necesita diseñar estructuras que incentiven tal comportamiento.

Finalmente, resulta imprescindible la institucionalización de tales estructuras a fin de que tal comportamiento pase a ser un hábito. Para que extienda raíces profundas. Como un árbol, cuanto más se prolonguen éstas en la hondura de la tierra, más difícil resultará que caiga.