Corea del Norte y la delgada línea roja

Infobae. 4 de septiembre de 2017.

El régimen norcoreano ha decidido hacer de equilibrista sin red. Subestimar el poder militar de los Estados Unidos para una guerra interestatal sería más que imprudente.

Este fin de semana el régimen de Corea del Norte decidió cruzar dos líneas rojas. Una, por ahora atenuada por ser a nivel discursivo. La segunda, más clara y sonora, que derivó en un movimiento sísmico de 6,3 grados. Nos referimos al anuncio, con fotos incluidas, de la terminación de una cabeza nuclear operativa para ser instalada y eventualmente lanzada desde un nuevo misil de alcance intercontinental o ICBM, o sea, con capacidad de cubrir distancias en torno a los diez mil kilómetros o poco más. La otra, el estallido de un artefacto nuclear de gran potencia.

En los últimos 8 meses Corea del Norte ha avanzado en desafiar cada uno de los ultimátums que la administración Trump formuló. El último hito para el punto de no retorno sería una evidencia empírica del ensamblaje y la puesta operativa de la cabeza nuclear en el ICBM. Con lo cual, territorio continental de los Estados Unidos quedaría formalmente al alcance de esta amenaza. No sería el primer país que cuenta con ello. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y Rusia, luego del colapso comunista en Moscú, lo han tenido desde hace más de medio siglo. Más recientemente, la propia China. También países aliados de Washington como Gran Bretaña, con misiles Trident de fabricación estadounidense lanzados desde submarinos, y Francia.

Otros Estados que cuentan con misiles dotados de cabezas nucleares operativas son Israel, India y Pakistán. Si bien más pensados en cubrir blancos dentro de los cinco mil kilómetros o poco menos. Por lejos, los dos países con mayor arsenal atómico son los Estados Unidos y Rusia, con unas siete mil cabezas nucleares cada uno, de las cuales poco más de mil están colocadas en los temibles ICBM. Lejos los siguen China, Francia y el Reino Unido, con unas trescientas cabezas operativas.

Las estimaciones sobre Corea del Norte hablan de un mínimo de 15 a un máximo de 50, pero, hasta el momento, sin confirmación de que puedan usarse en misiles de mediano y largo alcance de manera segura. ¿Qué cambia con que Corea del Norte se sume a este reducido club? Para empezar, de todos los antes mencionados es el único aún técnicamente en guerra con los Estados Unidos. El armisticio de 1953 nunca fue coronado por un tratado formal de paz. Otro factor no menor es la posición estratégica que presenta, vecino tanto de la principal potencia emergente que desafía la hegemonía norteamericana, o sea, China y de Rusia, que, si bien distante en cuanto a su poder económico e ideológico de la época soviética, aún conserva el estatus de superpotencia militar.

También, las fuertes incertidumbres que genera un arsenal nuclear y misilístico operativo de Corea del Norte con una economía fragilizada y serios problemas humanitarios. Baste recordar que su vecina capitalista y democrática, Corea del Sur, tiene un PBI veinte veces superior y el también cercano Japón uno setenta veces mayor. Por último pero no por ello menos importante, la formalización de estos atributos de poder nucleares del último estalinismo sobre la Tierra potenciaría las fuerzas para que el mismo Japón, Corea del Sur y Vietnam, ahora aliados militares de Estados Unidos y en tensión con China, busquen su propia capacidad nuclear. Situación de por sí nada deseada por la ascendente China. En una región en donde el control de pasos estratégicos marítimos y la política de Beijing de crear islas artificiales para expandir su soberanía se constituyen en uno de los principales focos de tensiones militares del mundo.

Un veterano conocedor de la forma de pensar y actuar de China, así como hombre de consulta del presidente Trump, nos referimos al mítico Henry Kissinger, en una reciente entrevista televisiva afirmaba que la Casa Blanca debería poner todas sus fuerzas diplomáticas y persuasivas, incluyendo la amenaza militar, en un plan junto a China y Rusia para la desnuclearización de la península coreana. A cambio de garantías políticas y económicas al régimen de Corea del Norte.

Si bien lo consideraba un camino complejo, no alcanzaba a ver otra alternativa que no fuese una muy traumática escalada militar. Por esas vueltas del destino a un presidente frontal y duro como a Trump le toca la tarea de caminar por este precipicio. Una mirada fría sobre lo sucedido desde mediados de los años 90 en lo referido al poder nuclear norcoreano y los Estados Unidos nos mostraría la decisión, en 1994, de la administración Clinton de usar guante de seda en ese vínculo y optar por confiar en un conjunto de acuerdos y compromisos en los 12 años posteriores el régimen comunista hereditario no hizo más que incumplir. El presidente George W. Bush quedó atrapado desde el 11 de septiembre de 2001 en el pantano que la estrategia de sus asesores neoconservadores le propusieron para tomar revancha del terrorismo de Al Qaeda. Impulsando una innecesaria invasión a Irak y una imprudente e idealista agenda de democratización en el Medio Oriente. Así como descuidar la necesidad de focalizar los esfuerzos en Afganistán donde sí Bin Landen y sus hombres habían hecho pie.

A 16 años del inicio de las operaciones norteamericanas en suelo afgano y a 14 en suelo iraquí, ambos países están inmersos en guerra civil, así como Siria. En tanto que Irán ha logrado aumentar su poder relativo en la región, incluyendo el envío de tropas y armamento para respaldar al gobierno de mayoría shiita en Irak y a su aliado alawita sirio. Ese Estados Unidos remando en este fango fue aprovechado por Corea del Norte para acelerar su programa nuclear y realizar media decena de pruebas nucleares y mejorar sus capacidades misilísticas. Así como también intercambiar experiencias con Irán y venderle tecnología nuclear ligada al uso militar del plutonio a Siria. Instalación que en un ataque preventivo hace 10 años Israel redujo a escombros.

Esos mayores márgenes de maniobra estratégica que ganó Teherán son parte sustancial de la explicación de los motivos por los cuales la administración Obama optó por una negociación diplomática con los persas en materia nuclear; dejando intacta la capacidad del régimen fundamentalista de reactivar su programa en este campo para uso militar si se cae el acuerdo, por decisión de Trump, en el próximo octubre.

Por ello, si bien es un deporte de moda y políticamente correcto criticar y fobizar al actual mandatario norteamericano, cabe reflexionar también sobre los desaguisados que heredó. Por todo lo dicho, el régimen norcoreano ha decidido hacer de equilibrista sin red. Subestimar el poder militar de los Estados Unidos para una guerra interestatal sería más que imprudente. Los pantanos de guerrilla y contraguerrilla como tuvo el Pentágono en los 60 en Vietnam o, más recientemente, en Irak y Afganistán tienden a nublar o relativizar la cortina de fuego y hierro que la principal potencia militar del mundo puede descargar contra un enemigo estatal y con código postal.

Por eso, tanto China como Rusia han expresado su apoyo a la idea kissingeriana de desnuclearización. Si el líder norcoreano es un buen equilibrista, no cruzará la última línea roja. O sea, una prueba de un ICBM con una cabeza nuclear operativa.