La decisión de Trump y la economía del clima

El Cronista. 7 de junio de 2017.

El Acuerdo de París (AP) es el resultado de años de negociaciones internacionales sobre el clima. Su objetivo es limitar el aumento promedio de la temperatura mundial, desde la industrialización y fines de este siglo, a dos grados. Así se evitarían consecuencias catastróficas sobre el planeta. Para lograrlo, las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse. La base del AP es voluntaria. Cada país presenta una contribución determinada a nivel nacional, que considera factible para bajar sus emisiones.

Los argumentos que dio Trump para sacar a Estados Unidos de París fueron principalmente económicos. El presidente dijo que el AP costaría a Estados Unidos u$s 3000 millones de PBI y 2,7 millones de empleos de aquí al 2025. Las cifras que citó son de un informe encargado por un think tank y un grupo empresario a la consultora NERA Economic Consulting. Las pérdidas de puestos de trabajo serían en los sectores de papel, cemento, hierro y acero, y de gas natural y carbón. Además, Trump se mostró en desacuerdo con aportar al Fondo Verde del Clima que se creó en 2010 para financiar proyectos de mitigación y adaptación al cambio climático en países en desarrollo.

Hay, al menos, cuatro comentarios para hacer respecto del uso que el presidente de Estados Unidos realiza del informe NERA para justificar su decisión.

Primero: no dice claramente que las pérdidas por la contracción de las industrias más contaminantes en parte se compensan por el aumento de empleos en las energías alternativas. El Departamento de Energía de Estados Unidos estima que en 2016 aumentó un 25% el empleo en la producción de energía solar y 32% en eólica, y que hoy día hay casi tantos trabajadores empleados en la generación de energía de bajo carbono como en las fuentes tradicionales.

Segundo: NERA no parece estar tomando en cuenta las posibles consecuencias de las medidas del presidente. El mundo, y la Unión Europea en particular, pueden fijar ajustes en frontera (tarifas) a los productos carbono-intensivos que se exporten a Europa desde Estados Unidos. En ese caso, los costos de la no acción climática aumentarían para la economía norteamericana. Trump no cree que alguien pueda actuar en su contra.

Tercero: decidir o no políticas climáticas debe surgir de comparar los costos de la acción frente al cambio global, versus los beneficios que esta conlleva (evitar los daños por la no acción: esto es, los impactos negativos del clima sobre la sociedad). NERA aclara que solo mide costos para la economía norteamericana. Sin embargo, la población de Estados Unidos también sufre por la contaminación del aire, las inundaciones y las temperaturas extremas. El tema es que Trump no cree que el cambio climático sea una realidad.

Cuarto: Si Trump no puede pensar en un análisis beneficio-costo para su país, menos puede hacerlo, como seguramente le pidió el Papa en su visita, pensando en el mundo. El futuro dirá cómo sigue esta historia.