Gradualismo recargado

El Economista. 23 de agosto de 2017.

¿Qué chances hay de que el Gobierno altere el rumbo luego de octubre? Muy pocas.

Casi desde su comienzo en diciembre de 2015, el Gobierno ha sido corrido por derecha por economistas ortodoxos que acusan a la gestión actual de practicar lo que han denominado un “kirchnerismo de buenos modales”. En una columna anterior dije que el gradualismo del Gobierno en materia fiscal respondía a tres variables: a) el mandato de la sociedad en las elecciones de 2015: solo un tercio de los votantes apoyó a Mauricio Macri en los comicios del 25 de octubre de aquel año; b) la situación de minoría del Gobierno en ambas cámaras del Congreso, resultante de la simultaneidad entre la primera vuelta presidencial y la elección legislativa, y c) la transición sin crisis aparente para el grueso de la opinión pública. Un Gobierno no peronista con solo un tercio del electorado, sin control de la calle y sin un vínculo histórico con el movimiento obrero organizado o las organizaciones sociales surgidas de la crisis de 2001, difícilmente podría haberse embarcado con éxito en el ajuste fiscal demandado por muchos de nuestros ortodoxos.

¿Qué chances hay de que el Gobierno altere el rumbo luego de las elecciones de octubre? Suponiendo que octubre replique el resultado electoral de agosto, y a pesar del espaldarazo que ello significaría para el Gobierno, es difícil pensar que haya una mudanza radical en la política económica. En otras palabras, el gradualismo ha llegado para quedarse.

En primer lugar, porque los motivos que llevaron al Gobierno a adoptar una política de ajuste fiscal gradualista en 2015 siguen estando ahí: Cambiemos por muy buena que sea su performance electoral seguirá sin tener mayoría en ninguna de las dos cámaras del Congreso, lo cual obliga al Gobierno a tener que negociar con la oposición la aprobación de su agenda legislativa. A la vez, incluso si el Gobierno es la fuerza política más votada y obtiene a nivel nacional un apoyo superior al de la primera vuelta de 2015, el mandato de parte de la sociedad no será diferente al de 2015. Dejar de lado el gradualismo pondrá en riesgo el nivel de aprobación del Gobierno, una variable clave para cualquier administración, pero fundamentalmente para gobiernos de minoría sustentados en una coalición legislativa.

En segundo lugar, una elección favorable al Gobierno justamente será leída como un aval al curso elegido. Si el resultado de haber optado por el gradualismo a expensas del shock es un triunfo electoral ¿qué motivos tendría el Gobierno para cambiar el rumbo elegido?

Finalmente, una victoria del Gobierno en octubre será saludada por los mercados financieros, los verdaderos financistas del gradualismo, con una baja en el riesgo país, lo cual permitiría al Gobierno seguir financiando una reducción gradual del déficit, lo que sería políticamente más sustentable y probablemente s más redituable en las urnas en 2019, que el ajuste fiscal draconiano que pretenden quienes acusan al gobierno de practicar una suerte de “kirchnerismo con buenos modales”. Vale la pena recordar que tan solo dos meses atrás la incertidumbre generada por el temor a un regreso del kirchnerismo en 2019, llevó a que se pospusiera la reclasificación de la Argentina de mercado de frontera a mercado emergente. Si en octubre el Gobierno logra un resultado similar o tal vez ligeramente mejor al de agosto, la percepción del mercado financiero será que un retorno de Cristina en 2019 es altamente improbable.

¿Quiere decir esto que el Gobierno no hará nada si obtiene un resultado favorable en las elecciones de octubre? Para nada. Hay conciencia tanto en el Gobierno como en algunos sectores de la oposición acerca de la necesidad de reformas en materia tributaria, laboral y previsional. El respaldo de las urnas le dará al Gobierno una ventana de oportunidad para encarar esa agenda reformista, pero tal vez en un modo que defraudará a los más ambiciosos. Parece difícil que una agenda de reformas demasiado ambiciosa tenga éxito considerando que el Gobierno seguirá estando en minoría y que el tiempo para llegar a acuerdos con los sectores más moderados del peronismo será limitado. La vocación acuerdista que pueda mostrar algún sector de la oposición tiene fecha de vencimiento. En 2019 habrá elecciones presidenciales, lo cual dificulta la capacidad de alcanzar acuerdos en el Congreso.

¿Qué tal que una victoria en octubre envalentone al Gobierno y este se decida a “ir por todo” como está haciendo el Gobierno de M. Temer en Brasil para la delicia de algunos economistas locales? Avanzar a un ritmo más rápido que el que la sociedad está dispuesta a tolerar no parece un Gobierno sin mayorías legislativas y votado por un tercio del electorado. El ejemplo brasileño difícilmente sea replicable en Argentina e incluso parece desaconsejable. La sustentabilidad de una agenda reformista llevada a cabo por un Gobierno que cuenta con menos del 10% de aprobación es por lo menos dudosa.

¿Qué podría llevar al Gobierno a dejar de lado el gradualismo? Dos factores podrían forzarlo a abandonar el gradualismo en materia fiscal y a moverse hacia una postura más ortodoxa. En primer lugar, un evento externo negativo que complique el acceso al financiamiento. En segundo lugar, una derrota electoral en octubre que sea interpretada por el mercado financiero como un posible regreso del kirchnerismo en 2019. Ante esta situación el Gobierno enfrentaría una amarga disyuntiva: volver a las prácticas de financiamiento del kirchnerismo o endurecer la política fiscal. Este segundo evento –una derrota del Gobierno en octubre– luce luego de las PASO menos probable. Los shocks externos negativos suelen ser difíciles de prever.

En este segundo caso, no obstante, si eventualmente “el mundo se nos cae encima”, al menos el Gobierno podría elaborar una narrativa que justifique el cambio de estrategia.

De cualquier modo, hoy por hoy, lo más probable en caso de que el gobierno repita en octubre la performance de agosto es, mal que le pese a los críticos por derecha del Gobierno, la continuidad del gradualismo fiscal y una agenda reformista negociada y consensuada. Dada nuestra histórica tendencia de ir a los bandazos y de buscar atajos, el gradualismo, para pesar de sus críticos, tal vez no sea una mala opción.