La revolución del Quebracho (1886). La tensión entre los gobiernos de la Argentina y Uruguay por su preparación en territorio argentino
Como hemos dicho anteriormente, Buenos Aires y el Litoral fueron las
áreas de refugio de los emigrados blancos orientales, que, deseosos de destruir el poder
del ministro de guerra y luego presidente colorado, Máximo Santos (1), tuvieron en dicha
zona su base de operaciones. A la vez, Santos, consciente de este permanente peligro a su
poder y obsesionado por la oposición de los medios de prensa de Buenos Aires,
subvencionó al periódico argentino La Nación para que le hiciese propaganda a
favor (2). El presidente Roca designó ministro plenipotenciario en Montevideo a Enrique
B. Moreno, el 1º de enero de 1882, debido a la estrecha amistad que éste mantenía con
el ministro Santos (3).
Santos presionó sobre el gobierno de Roca para que éste rompiese con
lo que el primero entendía como una actitud de tolerancia para con los emigrados blancos.
En realidad, los principales proveedores de fondos para los elementos disidentes blancos
fueron los partidarios de Dardo Rocha en Entre Ríos o rochistas (4).
Varios ejemplos confirman estas conexiones entre entrerrianos rochistas
y disidentes blancos, dirigidas contra el régimen de Máximo Santos. En septiembre de
1884, se tuvieron noticias acerca de depósitos de armas en las localidades entrerrianas
de Gualeguaychú y Concepción del Uruguay, cuya presencia respondía a actividades
sediciosas de los blancos, con total respaldo del gobierno de Entre Ríos; el asunto fue
denunciado por el presidente Roca como un gesto de amistad hacia su vecino oriental Santos
(5). En julio de 1885, y pese a la celosa vigilancia de los agentes de Santos en
territorio argentino para contrarrestarlo, se produjo un conato revolucionario en la
localidad oriental de Salto, que incluyó un frustrado intento de asesinar a Santos con el
apoyo de personajes políticos de Entre Ríos (6).
Al promediar enero de 1886, se produjo un fenómeno no inédito pero
sí nuevo en cuanto a su alcance y dimensiones: la emigración masiva de la "clase
culta" de Montevideo a Buenos Aires. La cantidad y nivel intelectual de los emigrados
orientales (7) confirmaba que Buenos Aires pasaba a ser el epicentro de resistencia al
régimen santista. Mientras los partidarios de Santos en Montevideo interpretaron
erróneamente los planes de los disidentes como un acto en connivencia con Roca para la
posible instalación de un gobierno títere en la margen oriental del Río de la Plata, lo
cierto fue que Dardo Rocha y los suyos establecieron agentes en Montevideo, y financiaron
los pasajes y la estadía de cuantos quisieran trasladarse a Buenos Aires para engrosar el
movimiento revolucionario contra el poder de Santos (8).
El 23 de enero de 1886, el representante oriental en Buenos Aires
protestó ante el gobierno argentino, por las actividades de un grupo de emigrados
uruguayos que había formado un comité para preparar una invasión al territorio
oriental, y por la existencia en la aduana de Paraná de fusiles y cañones Krupp, listos
para ser retirados por los emigrados orientales. A pesar de que inicialmente las
autoridades argentinas no consideraron la protesta del gobierno uruguayo, argumentando que
las denuncias no estaban basadas en hechos tangibles, las autoridades de Montevideo no
cesaron de reclamar con insistencia la adopción de medidas por parte del gobierno
argentino, adjuntando pruebas cada vez más evidentes de las actividades revolucionarias
de los disidentes orientales en territorio argentino. Así, el 5 de febrero de 1886,
Apolinario Gayoso, jefe político de Montevideo y agente de Santos, denunció la
instalación de un nuevo cuartel y reuniones de emigrados orientales en la localidad de
Concordia y en la frontera de Corrientes (9).
Ante la insistencia uruguaya y la evidencia de las pruebas, las
autoridades argentinas impartieron órdenes a los gobernadores de Entre Ríos, Corrientes
y Buenos Aires para que evitaran la salida de grupos armados orientales desde aquellas
localidades y desde San Fernando. A pesar de estas medidas, los emigrados uruguayos se
agruparon en las provincias de Entre Ríos y Corrientes. El gobierno argentino envió
entonces al coronel Bernard para impedir el paso de estos grupos al territorio oriental.
El general José Miguel del Corazón de Jesús Arredondo -nacido en la villa de Guadalupe
de Canelones, soldado de las fuerzas de Oribe y combatiente de las montoneras provinciales
a las órdenes de Mitre-, era el jefe de los revolucionarios orientales pero obedeció las
directivas de desarme de Bernard. Sin embargo, fue ésta una hábil estratagema de
Arredondo y las fuerzas revolucionarias, que volvieron a internarse en territorio
argentino y se apoderaron de trenes y vapores en lugares resguardados para, una vez
abastecidos, invadir la costa oriental.
El gobierno uruguayo se quejó de la actitud de las autoridades
argentinas, calificándola de descuido o complicidad. Sostuvo que las fuerzas de Arredondo
habían tomado por la fuerza tres vapores y algunas chatas en la ciudad de Concordia y
hecho subir a sus tropas en pleno día, en presencia de toda la población, sin haber sido
perturbado por ninguna autoridad o funcionario oficial argentino.
La revolución del Quebracho, dirigida contra el santismo oriental,
estalló en marzo de 1886, encabezada por los generales orientales José Miguel Arredondo
y Enrique Castro. A pesar de la evidente connivencia del rochismo y de los gobiernos
entrerriano y correntino con las fuerzas revolucionarias, el pragmático presidente Roca
-que en realidad había alentado con su permisividad disfrazada de
"prescindencia" las actividades de los emigrados disidentes- logró volcar a su
favor la victoria de Santos sobre los rebeldes orientales. Para ello, el presidente
argentino envió hábilmente al presidente uruguayo una carta de felicitación por el
triunfo del 31 de marzo de 1886. De esta manera, si bien los preparativos en la Argentina
de la revolución habían deteriorado las relaciones entre el gobierno de Roca y el de
Santos, la jugarreta política del primero permitió reanudar las buenas relaciones entre
el mandatario argentino y su colega oriental.
Como réplica a las acusaciones de complicidad con los elementos
revolucionarios efectuadas por el gobierno de Santos, las autoridades argentinas enviaron
a Benjamín Victorica para normalizar las relaciones con el régimen uruguayo. Victorica
calló ante las evidentes conexiones de los gobiernos de Entre Ríos y Corrientes con las
fuerzas de Arredondo, procurando como alternativa mostrar la "estricta
prescindencia" del gobierno nacional. El 12 de abril de 1886, el gobierno argentino
prometió al uruguayo investigar lo ocurrido y someter a juicio a los eventuales
culpables. Las autoridades de Montevideo aceptaron la propuesta argentina, cerrándose
este ciclo de incidentes diplomáticos.
De acuerdo con Vidaurreta, esta "prescindencia" fue tan sólo
aparente. Como su competidor por el poder presidencial Rocha, Roca no fue indiferente a lo
que ocurría políticamente en la otra orilla. Roca, consciente del desgaste sufrido por
el gobierno de Máximo Santos, estuvo muy interesado en influir el futuro político
uruguayo en 1886 y, guiado por este objetivo, otorgó el apoyo a la clase culta
montevideana que, desde Buenos Aires, Concordia, y distintos puntos de las provincias de
Entre Ríos y Corrientes, impulsaba la revolución del Quebracho. Vidaurreta concluye su
estudio respecto del rol de Roca y de Dardo Rocha en la revolución del Quebracho, con las
siguientes palabras:
En el contexto geopolítico rioplatense entró el objetivo de Roca que, al facilitar la organización, movilidad y compra de armamentos por los revolucionarios, especuló con la instalación de un gobierno francamente aliado que revirtiera la influencia del Brasil en el Uruguay a favor de la Argentina. En materia de política interna, el apoyo tuvo como fin directo debilitar a Rocha con la presencia del ejército revolucionario que, a través de Arredondo, respondía a Roca y dependía de la tolerancia de Racedo. Conjuntamente con estos factores, el de carácter económico tuvo papel principal, al buscarse desde la Argentina el control total del comercio extranjero en el Plata en el puerto de Buenos Aires que se pudo concretar mediante la negociación en Londres que, en definitiva, postergó por casi veinte años la construcción del puerto de Montevideo (10).
El ministro de guerra Máximo Santos fue el verdadero depositario del poder durante la débil gestión del presidente Francisco A. Vidal, que tan sólo duró dos años, desde 1880 hasta 1882. En las fraudulentas elecciones presidenciales de 1881, los partidarios de Santos impusieron su candidatura. En consecuencia, el 1º de marzo de 1882, Máximo Santos pasó a ser presidente del Uruguay. Ver al respecto el trabajo de Enrique Mendez Vives, El Uruguay de la modernización (1876-1904), Historia Uruguaya, Tomo 5, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1975, p. 33.
A. Vidaurreta, op. cit., p. 67.
Moreno fue además el portavoz de la propaganda argentina subvencionada en territorio uruguayo, que debía contrarrestar la activa propaganda brasileña de A Patria. La propaganda proargentina en Montevideo fue lanzada por el diputado y periodista Nicolás Granada desde el periódico La Prensa Uruguaya.
A. Vidaurreta, op. cit., p. 61.
Ibid., pp. 60-61.
Ibid., p. 64.
Entre los nombres de estos emigrados figuraron los de los generales Lorenzo Battle y Enrique Castro; José Pedro, Carlos María, Gonzalo y Octavio Ramírez; Aureliano Rodríguez Larreta; Justino Jiménez de Aréchaga; Juan Zorrilla de San Martín; Luis Melián Lafinur; Daniel Muñoz; José Sienra Carranza; Eustaquio Tomé y "una pléyade de juventud universitaria", según la bienvenida que les ofreció La Nación de Buenos Aires.
A. Vidaurreta, op. cit., p. 83.
Ibid., p. 100; I. Ruiz Moreno, op. cit., p. 164.
A. Vidaurreta, op. cit., pp. 149-150.
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