Sección 1: La cuestión de la deuda
El rol del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial
El
Plan Baker
Las
previsiones de los organismos financieros internacionales acerca de la
transitoriedad de la crisis y las posibilidades de una salida rápida no se
vieron confirmadas en la práctica. Las medidas aplicadas para solucionarla sólo
permitieron atenuar la crisis del sistema financiero norteamericano, pero sus
sectores productivos y su balanza comercial se vieron seriamente perjudicados.
En cuanto a los deudores, la suspensión abrupta de los flujos crediticios por
parte de los bancos acreedores y las enormes transferencias de fondos hacia las
economías centrales impidieron cualquier posibilidad de crecimiento y, por lo
tanto, de recuperación de su capacidad de pago.
Hacia
mediados de los ochenta, la percepción de esta situación, junto con el cambio
de titular del Tesoro norteamericano, llevaron a una redefinición del problema
y a una nueva propuesta de solución. En la Asamblea conjunta del Fondo
Monetario Internacional y del Banco Mundial, en octubre de 1985 en Seúl, el
nuevo Secretario del Tesoro de Estados Unidos (James Baker) presentó un
documento titulado "Programa para el Crecimiento Sostenido" en el que
se delineaba dicha propuesta, conocida desde entonces como "Plan
Baker" (1).
Este
plan recogía la preocupación de los círculos académicos y políticos
norteamericanos acerca del desbalance del comercio mundial y promovía el logro
de una recuperación de las economías deudoras que les permitiera restablecer
su capacidad de pago de la deuda externa. En este sentido, coincidía con un
viejo reclamo de los países en desarrollo, muchas veces desoído por los países
centrales.
En
cierto modo, la propuesta de Baker establecía roles para los actores
involucrados: los deudores debían lograr una tasa más alta de ahorro y de
inversión internos a fin de propender al crecimiento sostenido, para lo cual
debían continuar aplicando los ajustes de corto plazo indicados por el Fondo
junto con políticas macroeconómicas aperturistas y de libre mercado, para que
la inversión privada encontrara condiciones propicias; los organismos
financieros internacionales y los bancos comerciales, por su parte, debían
proveer el apoyo financiero necesario a estas políticas.
Es
interesante remarcar la subdivisión interna de roles al interior de la
comunidad financiera internacional. Esta estrategia remarcaba la continuidad del
rol protagónico del Fondo como catalizador de los nuevos flujos financieros,
apoyado ahora por la banca internacional, mientras que reservaba al Banco la
misión de agilizar su sistema operativo, aumentar la eficiencia y el volumen de
sus préstamos y expandir la cartera de créditos de rápido desembolso
asociados a reformas institucionales y sectoriales que promovieran la actividad
privada. Los bancos comerciales, por su parte, debían revertir su escasa
participación en el financiamiento hacia los deudores, incrementando los flujos
de capitales frescos hacia aquellos países que aplicaran las políticas económicas
adecuadas.
En
cuanto al aspecto cuantitativo, el plan Baker proponía otorgar fondos por
aproximadamente 47.000 millones de dólares a quince países seleccionados entre
los de mayor endeudamiento, por un período de tres años. De ese total, 18.000
millones de dólares correspondían a las estimaciones de desembolsos brutos
corrientes (6.000 millones por año) de los organismos multilaterales de crédito,
los que agregarían luego 9.000 millones complementarios, en un período
similar. Los bancos comerciales debían aportar los 20.000 millones de dólares
restantes (2). Obviamente, el monitoreo permanente del Fondo sobre cuestiones de
corto plazo y del Banco en cuestiones atinentes a cambios estructurales
garantizaría el cumplimiento de los compromisos asumidos por los deudores.
Como
era de esperar, el Banco Mundial acogió positivamente la iniciativa de Baker,
la cual colocaba a esta institución y a las ideas que venía pregonando en los
últimos años en un primer plano del manejo del problema del endeudamiento
internacional. En consecuencia, sobre la base de dicha iniciativa, delineó su
accionar para el resto de la década. Su intervención se basaría en los
siguientes puntos: a) aumento del soporte financiero a los países con
problemas, mediante el incremento de los préstamos de ajuste estructural y
sectorial; b) amplia interacción con los gobiernos de cada país para la
identificación y acuerdo sobre las medidas de política económica y las
reformas estructurales a implementar; c) mantenimiento de la financiación de
proyectos de inversión destinados a la rehabilitación, reestructuración y
ampliación del stock de capital de empresas y sectores económicos; d) apoyo a
programas de carácter social con vistas a sectores de escasos recursos; e)
incremento del rol catalizador respecto a otras fuentes de financiamiento, ya
fueran comerciales u oficiales.
Estas
líneas generales de acción se pondrían en práctica a través de programas de
mediano plazo (Medium Term Programs) definidos para cada país, según sus características
particulares. Dichos programas detallarían las operaciones de ajuste e inversión
y las integrarían en un marco macroeconómico global. Debían ser presentados
por los gobiernos de los países con los cuales el Banco iba a colaborar,
definiendo las prioridades y pasos a seguir tanto en materia de política económica
global como a nivel sectorial. Sobre esa base se confeccionaba el llamado Business
Plan, el cual detallaba las operaciones crediticias acordadas, su aplicación
a lo largo del tiempo, los montos, la modalidad de los desembolsos, etc.
La
implementación de esta estrategia arrojó resultados no del todo satisfactorios
y despertó no pocas críticas (3). El monto de las contrataciones del Banco a
países de alto endeudamiento efectivamente se incrementó en los años
subsiguientes, aunque no siempre ello se correspondió con un aumento
proporcional de las transferencias netas de recursos recibidas por estos países.
Además, el nuevo financiamiento resultó por demás oneroso y, por lo tanto,
restrictivo para los deudores, de modo que no colaboró con los objetivos de
"ajuste con crecimiento". Incluso, los propios países
industrializados miembros del Banco han cuestionado que esta política, al no
estar acompañada por otras fuentes de financiamiento provenientes de la banca
comercial, en el largo plazo no sólo no soluciona el problema sino que
compromete aún más la situación de este organismo al aumentar el riesgo de su
cartera con deudores insolventes.
Por
lo tanto, hacia fines de los ochenta la administración del Banco extremó su
cautela en la negociación de nuevos créditos, exigiendo más ajuste a las
economías deudoras y tratando de reducir su exposición.
Para
esto fue restringiendo la utilización de los préstamos de rápido desembolso y
estipulando que las políticas de ajuste se negociaran a través de los
tradicionales créditos de inversión cuyos desembolsos se distribuyen a lo
largo de varios años y están orientados a lograr cambios institucionales
significativos en los distintos sectores. Además, el Banco ha intensificado su
rol de catalizador de fondos desde los bancos comerciales. Por ejemplo, ha
participado de distintas estrategias de refinanciación de la deuda y se ha
hecho cargo del monitoreo de los planes de ajuste estructural llevados a cabo
por los deudores. De este modo, sus funciones se han ido confundiendo, hasta
cierto punto, con las del Fondo.
NOTAS
Véase García y Junco, 1989.
Cf. García y Junco, 1989, p. 42.
Véase Keifman, 1988.
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